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Chipre04.05 Map Chipre North Chipre South Nicosia Text |
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Chipre 04.05 Los
sonidos de la mezquita cargan el ambiente de la tarde en la parte norte
de Nicosia, la capital dividida de Chipre. En el paseo cercano al bazar,
al atardecer, la gente vuelve de la compra y las banderas turca y turcochipriota
ondean incansables entre los dos minaretes visibles desde cualquier
punto de la ciudad. Parece imposible que a escasos metros exista otra
Nicosia, otro pueblo, y que en mitad de las dos haya una frontera y
tanto odio. Desde fuera, a través de los ojos del visitante extranjero,
es difícil apreciar la diferencia entre dos culturas que huelen
tan parecido, que suenan tan igual, que acogen de una manera tan similar.
La
vida transcurre tranquila a ambos lados de la “green line”
que separa la isla en dos partes desiguales desde 1963, la turcochipriota
al norte y la grecochipriota al sur. Los rastros de una larga historia
de enfrentamientos está escritas en las fachadas derruidas, en
las bases militares y, sobre todo, en los rostros de los ancianos, que
exhiben las arrugas que deja una vida llena de sonrisas y muecas de
dolor. Nada, salvo esas marcas del pasado, indica que exista aún
una tensión entre las dos comunidades que habitan la isla. Tampoco
hay señales evidentes de un cambio cercano, pero los dos temas
llenan los periódicos nacionales de Chipre. A un año de
la entrada en la Unión Europea, con Turquía negociando
su incorporación y con un nuevo presidente pro-reunificación
en la no reconocida República Turca del Norte de Chipre, la isla
de la discordia parece empezar a ver la luz al final del túnel. “No sé si volvería aunque pudiese. Ya no tengo nada allí”. Ianis sonríe resignado con los ojos vidriosos y juega con las varillas de las gafas de sol que tiene que llevar siempre desde que le operaron del ojo izquierdo hace un par de meses. Le hemos conocido en la taberna de Alektora, donde ha pasado una semana visitando a su suegra. El pueblo, situado en la costa sur de la isla, cerca de la famosa Petra tou Romiou (la playa en que nació Afrodita), solía ser un pueblo turcochipriota antes del conflicto, ahora es un pueblo de refugiados grecochipriotas que tuvieron que abandonar el norte de la isla. Por eso, quizá, esta taberna que podría estar en cualquier parte de Chipre con sus viejas sillas de plástico, sus fluorescentes como única luz y sus siete clientes que reparten su atención entre la televisión, una partida de cartas y la original visita extranjera, está cargada de una especial atmósfera de tristeza.
A pocos kilómetros de Alektora, al otro lado de la playa de Afrodita siguiendo por la costa sur en dirección a Pafos, se encuentra Kouklia. Rodeada por el Templo de la diosa del amor y de una enorme urbanización de lujo en constante ampliación, Aphrodite Hills, esta localidad que en su día fue capital de Chipre se llena de cantos ortodoxos con la misa de la tarde que vacía los dos cafés de la plaza central. Al anochecer ambos se llenan. En una mesa, solitario y atento a las noticias, se sienta Cristakis Petrides, el alcalde. “Soy el presidente – dice en un inglés que sólo demuestra su pobreza por la falta de la palabra correcta – lo soy desde hace diez años”. Cristakis es la personificación del estándar físico grecochipriota. La piel morena, fuerte, las cejas abundantemente pobladas y arqueadas en una expresión constante de escepticismo que contrasta con la mirada serena y amable que ofrecen sus enormes ojos oscuros; la nariz ancha y los labios finos y, entre ambos, un bigote perfectamente recortado con algunas canas que hacen juego con su pelo entre plata y oro. Cristakis se muestra orgulloso de su pueblo, al que el destino le devolvió después de haber decidido marcharse. “Mi mujer era de Exo Metochi, un pueblecito del norte situado a pocos kilómetros de Nicosia, así que me fui allí con ella. Habíamos construido una casa y la tuvimos que dejar, nueva, con los muebles sin estrenar, por la invasión del 74”. Pero el alcalde de Kouklia, como la mayoría de los grecochipriotas, no siente rencor. “Antes de la guerra aquí vivían muchos turcochipriotas. Tenían aquí sus familias, sus amigos, su trabajo...la gente convivía feliz. Con la guerra tuvieron que marcharse todos. Cuando hace algo más de un año volvió a abrirse la frontera volvieron a visitarnos y todo el mundo los recibió con lágrimas en los ojos – como las que asoman ahora a los suyos mientras afirma – Fue muy bonito”. A pesar de todo, a Cristakis le parece que la reunificación es difícil. Cree que Chipre entró en la Unión Europea con la esperanza de que ayudaran a solucionar el problema, pero no lo han hecho y, según él, además están cambiando todo lo bueno de la isla: “La Unión Europea lo cambia todo. Es una lástima, pero tenemos que aceptarlo”.
El
sureste de la isla es una zona llena de contrastes. La costa es un reclamo
turístico masivo, mientras que los pueblos que se adentran en
las montañas, hacia el corazón de la isla, parecen pequeñas
aldeas clavadas en laderas o perdidas y abandonadas junto a una carretera.
La excepción la ponen pueblos como Lefkara, donde la tradición
artesana – las mujeres hacen ganchillo y los hombres objetos de
plata – se ha convertido en atracción. Pero la norma general
son los pueblos como Mazotos. A medio camino entre Limassol y Lárnaca
que, junto a Ayia Napa y Pafos, suponen los destinos preferidos de los
turistas, está este pueblo con 300 habitantes trabajadores. El
único café del pueblo se encuentra junto a la carretera
y presenta ese aspecto desolado de semi abandono que comparten los establecimientos
de este tipo en cualquier rincón de Chipre. Media docena de hombres
jugando a las cartas y una mujer de mediana edad que observa la televisión
a la espera de las peticiones de los clientes completan la escena. La
camarera es Heleni, de enormes ojos azules y terrible timidez. Está
cuidando el establecimiento esta noche porque su hijo, el propietario,
ha preferido ir a ver a su novia que trabajar. En la parte oficial de Chipre, la grecochipriota, existe un sentimiento colectivo de rechazo a Turquía que casi todos separan claramente de otro de hermandad con la comunidad turcochipriota. En la zona de Ayia Napa el sentimiento se exalta. El pueblo de Deryneia, situado al borde la “green line” en el extremo este, es famoso por sus miradores a la ciudad fantasma de Famagusta y fue el testigo del último trágico conflicto entre comunidades. En agosto de 1996, al final de una manifestación que tenía lugar en la frontera, el ciudadano grecohipriota Tasos IsaaK fue apaleado hasta la muerte por un grupo de personas vestidas de civiles que se asegura pertenecían a fuerzas de seguridad turcas. Tres días después de su funeral, su amigo Solomos Solomou murió a causa de un disparo de la policía turca al intentar descolgar la bandera de Turquía al final de otra manifestación en la frontera como protesta por el asesinato de Isaa k. Las fotos de los sucesos están en la entrada de los miradores de la ciudad y en la zona de paso de Nicosia entrando desde la parte griega.
“Cuando empecé el Servicio Militar un compañero me preguntó: ¿Si te cruzaras con un turco le matarías?, yo le dije que no, que no me había hecho nada y él me contestó: Si no le matas tú acabará matándote él. Yo sigo sin creerlo, pero en dos años de Servicio Militar obligatorio mucha gente acaba aceptando esto como una realidad”, Adamos está a punto de terminar su segundo año, a sus veinte, y después quiere ser veterinario. Es un grecochipriota de ojos claros y pelo rubio con aspecto de adolescente y maneras de “chico malo” necesarias, suponemos, para vivir en ese ambiente. Cuando puede, baja a visitar a su tío que tiene un kiosko en la zona de bares de Ayia Napa y que era amigo personal de Solomou e Isaak. Panikos es un tipo grande con una sonrisa de gigante bonachón de cuento infantil. Votante convencido del OXI (no – en griego) en el referéndum sobre el Plan Annan, no ve posible una reunificación porque no aceptaría la misma sin la expulsión del ejército turco (hoy por hoy hay 35.000 soldados del ejército de Turquía repartido en bases militares en el norte de Chipre) y de los ciudadanos turcos – que no turcochipriotas – que han ido llegando a la isla en los últimos años. “Turquía lleva años mandando gente al norte para cambiar el equilibrio de población de la isla. Esa gente ha venido y se ha quedado con casas y propiedades que no eran suyas y ahora quieren una reunificación y tener los mismos derechos que la gente que lleva viviendo aquí toda la vida y además un gobierno compartido. Yo no puedo aceptar eso”. Adamos mira serio a su tío cuando habla, su opinión es menos firme al respecto aunque se nota que ha escuchado este argumento muchas veces antes y le ha influido. “Los jóvenes lo ven de otra manera. Nos han educado los que lo han vivido y es la versión que tenemos. Supongo que mucha gente ha crecido oyendo hablar de odio, pero también nos han enseñado que antes se vivía pacíficamente y que los turcochipriotas son gente como nosotros. Ojalá pudiese arreglarse entre las dos comunidades, sin influencia de todos los intereses y el resto de países que quieren hacer suya la isla”. En algo están completamente de acuerdo: “Queremos la paz. Que la gente sepa que eso es lo que queremos, paz y justicia”.
- El norte - El norte de Chipre, cuya visión desde el paso en Nicosia queda dominada por las enormes banderas turca y turcochipriota dibujadas en sus montañas, está cambiando a un ritmo desenfrenado. En lo interior, en lo político, los turcochipriotas decidieron poner fin en las elecciones presidenciales del pasado abril a la era Denktas. El hasta ahora único presidente de la República Turca de Chipre del Norte había seguido fielmente los dictados de Turquía y había puesto todo tipo de trabas a la reunificación, a pesar de que su pueblo se había mostrado ampliamente favorable con un 75% de votos a favor del Plan Annan en el referendo de 2004. El nuevo presidente, Mehmet Ali Talat, del Partido Republicano Turco, habla de reunificación y prosperidad y se ha ganado la confianza de los suyos, además de la de algunos líderes europeos que ven con muy buenos ojos su postura conciliadora. “Tiendo mi mano al pueblo greco chipriota y a su líder para buscar una solución a nuestro problema y reunificar la isla. También quiero hacer un llamamiento a la Comunidad Internacional para que apoyen a los turco chipriotas o, al menos, colaboren en acabar con el aislamiento de nuestra comunidad y pido al Secretario General de Naciones Unidas que reinicie los esfuerzos para conseguir una respuesta positiva del lado greco chipriota que signifique la preparación de una propuesta de enmienda al Plan Annan y, de esta manera, se reinicien las negociaciones para alcanzar una solución al problema de Chipre”, fueron las primeras palabras de Talat tras conocer su victoria el pasado 17 de abril. Pero el norte de Chipre también está sufriendo un cambio físico. El paraíso de playas vírgenes, ruinas romanas y valles de agricultores y pescadores sufre desde hace algunos años los efectos de la especulación y el “progreso”. Los carteles de “se vende” y “luxury villas for sale” llenan las carreteras que corren paralelas al mar y estropean los paisajes con desmesurados chalets al borde de acantilados. Sólo una parte de la zona turca queda a salvo del cambio, en todos los sentidos. Se trata de la península de Karpasia, al noreste de la isla. Desde Dipkarpaz, el hermoso pueblecito conocido por albergar a la última comunidad grecochipriota, hasta el Cabo Apostolos Andreas el visitante entra en zona protegida, sólo naturaleza, animales salvajes y playas interminables. En mitad del paraíso, lo más parecido a la civilización son las cabañas para turistas en la zona de Golden Beach. Allí no llega la electricidad ni el progreso y la zona, declarada reserva natural, parece ajena a todo... pero engaña. Tekos Place es uno de estos lugares. El encargado, Mehmet, es kurdo y turcochipriota, aunque podría pasar por inglés con sus grandes ojos grises, su pelo rubio canoso y su camisa de flores. “Mi primo es el dueño de este sitio, aunque no viene nunca por aquí. Mi familia está metida en política desde hace años, con el partido de Talat, y no suelen tener tiempo para venir por aquí”. La hospitalidad de Mehmet recuerda mucho a la de la zona grecochipriota. En esta zona el odio es menor. Es difícil que alguien reconozca la acusación grecochipriota sobre la cantidad de población turca y si algo se reprocha desde arriba hacia el sur es que los griegos les miren siempre “por encima del hombro”. Pero la República Turca de Chipre del Norte es más pobre que la Chipre oficial y sus habitantes ven en la reunificación y en la entrada en la UE el principio del fin de la precariedad y de los bloqueos impuestos tras la invasión. Las palabras de Mehmet son, expresadas de manera algo infantil, el reflejo de la opinión mayoritaria; para él, como para la mayoría de los habitantes de la zona turca, son todos la misma gente y el problema tiene que solucionarse tarde o temprano. “Talat lo conseguirá”, comenta Mehmet sonriente y convencido. Sólo queda esperar a ver si será cierto y si los grecochipriotas y la comunidad internacional podrán aceptar la reinserción de un país que ya tiene una identidad propia, le pese a quien le pese. Texto: Paola Alvarez Peregrina |
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